lunes, 2 de agosto de 2010

METAXY NÚMERO 8

c) LA FILOSOFÍA Y EL MUNDO


LA METÁFORA COGNITIVA


Lic. Martín Alberto Huitrón Sánchez [1]

¿Qué es la Metáfora?

Es un tropo que consiste en trasladar el sentido recto de las voces en otro figurado, en virtud de una comparación tácita; v. gr.: Las perlas del rocío; la primavera de la vida; refrenar las pasiones" (DRAE). Es una "comparación tácita" (labios de clavel), porque si la comparación es explícita, entonces se trata de una imagen (sus labios eran rojos como el clavel).

En el ámbito Lingüístico

En el ámbito de las ciencias del lenguaje la metáfora ha sido un concepto y un recurso muy extendido; visto desde distintas orientaciones ha sido objeto de diversos estudios interdisciplinarios. Desde el punto de la lingüística se considera un corpus orientador de la semántica cognitiva del lenguaje.

Para la semántica cognitiva el lenguaje es un mecanismo cognitivo que se cruza con otros, es una forma de la cognición. Así, tiene un ámbito o rasgos compartidos con otros mecanismos y otro ámbito de especificaciones propias. Para este acercamiento existe un ámbito de experiencia directa de los sujetos como aquella de carácter físico, cotidiana, básica, debida a un carácter corpóreo del significado y a una comprensión humana relacionada con formas de estructuración imaginativa de la experiencia. El cuerpo es la base material de los humanos para significar, construir cognitivamente su mundo y tener mundo. Acerca de esta experiencia directa y su carácter concreto, este acercamiento postula procesos de abstracción. Es importante decir que la distinción entre categorías físicas y culturales se plantea para dar cuenta de esta diferenciación entre un ámbito de experiencia directa, básica, y formas cognitivas de creciente abstracción, sin embargo, esa experiencia directa también es cultural. Entre estas formas de abstracción, como maneras de proceder del procesamiento cognitivo, está la metáfora.

Metáfora y Cognición

Tradicionalmente, la metáfora ha estado basado en relaciones de similitud o comparación entre un significado denominado literal, valorado como correcto, adecuado, y un significado figurativo, visto este último como alteración y subsidiario del primero. La lógica de la noción de metáfora muerta, convencional o léxica postula que, a través de su frecuente asociación con ciertas formas lingüísticas, el significado figurado de una palabra y una expresión se establece en una comunidad de habla. 

Para el paradigma cognitivista, el lenguaje es uno de varios mecanismos cognitivos, es una conducta, es el mecanismo fundamental de interacción en el operar de los sistemas sociales humanos. En dicho acercamiento teórico, la metáfora no es sólo una forma de expresión de ideas a través del lenguaje, es más bien una forma de pensar acerca de las cosas.

            Vista como una forma de pensar acerca de las cosas, sí me parece importante señalar que para el acercamiento cognitivo las metáforas más importantes son las construidas inconscientemente, mediante convenciones largamente construidas y establecidas por una comunidad. No es una teoría de la conciencia.

La metáfora es definida como conexiones y relaciones entre categorías de campos diferentes. Para la definición importan tanto las propiedades de las categorías individuales como su rol en la estructura de un dominio cognitivo, en la terminología de Langacker (1987). Estos dominios son la suma de los contextos de experiencia almacenados para un cierto campo por un individuo. La disponibilidad de las metáforas para ciertos dominios y categorías se basa en que las estructuras y las conexiones involucradas abren la posibilidad de imponer ciertas perspectivas y de iluminar y esconder aspectos particulares.

            Esa disponibilidad es relativa a la interacción entre categorías cognitivas y la mutua influencia entre éstas, al cambio de prototipos y a los límites y estructura completa de la categoría y los dominios que las absorben. Esta estructura interna de las categorías depende de modelos culturales y cognitivos. Entre estos dominios, la metáfora comporta también un proceso de proyección, transfiriendo la estructura y las relaciones internas de uno a otro. Esta transferencia es una actividad cognitiva que traza un mapa de un modelo fuente a un modelo meta.

            La lingüística cognitiva es un paradigma experiencial, entendiendo a la experiencia como constructora u organizadora del mundo, constituidora del mundo, pero también postulando que esa constitución del mundo se organiza desde un cuerpo como posibilidad cognitiva y vital. Este ámbito corpóreo, físico, como organismo, es para el acercamiento cognitivista el ámbito de lo concreto, de lo básico.
Al parecer, los modelos del mundo concreto para conceptualizar un fenómeno abstracto. Esta afirmación tendría que ser más radical, habría que postular que procedemos así no sólo para conceptualizar lo abstracto, sino para experienciar lo abstracto. Nuestra conceptualización de modelos de categorías abstractas está basada en nuestra experiencia con la gente, objetos, acciones y eventos cotidianos. En tal sentido se ubican autores como Leonard Talmy (2000), Langacker (1987), Lakoff y Johnson (1986); en parte, la categorización de los tipos de procesos de Halliday (1986) es consistente con esta perspectiva y con el planteamiento de Langacker (1987: 250) que señala a los procesos como relaciones escaneadas secuencialmente durante su evolución a través de un tiempo concebido. De ello dan cuenta la coherencia entre la distinción entre participantes y circunstanciales por tipos de proceso, en Halliday, y la distinción entre procesos perfectivos e imperfectivos en Langacker.

            La colaboración entre ambos abordajes lingüísticos se sustenta en que parten de una explicación del lenguaje fundado en la experiencia social del mismo y organizan esta experiencia en dominios de representación diversos. Mientras que la lingüística cognitiva explora el procesamiento cognitivo, la lingüística funcional parte de la existencia de distinciones entre los elementos léxicos y gramaticales para cada dimensión de significado. Esta distinción es una organización de la cognición en comunidades de enunciantes e intérpretes. A la lingüística funcional tales distinciones le interesan desde el uso social del lenguaje, desde el tipo de actividades que representan y organizan, y establece correlaciones significativas entre los diferentes usos del lenguaje y las elecciones de rasgos semánticos (Lemke, 1995: 206) organización del procesamiento cognitivo es natural siempre y cuando sea compartida en términos generales por comunidades de enunciantes e intérpretes que organizan en el lenguaje la representación de actividades sociales diversas.

            La colaboración de ambos abordajes es necesaria a este trabajo si establecemos a los científicos sociales como comunidades de enunciantes e intérpretes que se identifican e incorporan a nuevos miembros a partir de su capacidad para compartir metáforas cognitivas que organizan sus explicaciones de lo social. Es decir, el procesamiento organiza los objetos del mundo a los que se hace referencia, pero también los procesos y los participantes asociados a los mismos organizan las actividades sociales en las que son relevantes a dicha comunidad de significado. La asociación de ambos abordajes se articula en la relación diacrónica entre pensamiento-lenguaje y acción.


Bibliografía:

-
Frawley, W. (1985). Linguistic Semantics. Norwood. N.J. Ablex. 

-  Halliday, M.K. (1986). El lenguaje como semiótica social. México: FCE.

-  Johnson, M. (1991). El cuerpo en la mente. Serie Ciencia. Debate. (H. González Trejo, trad.) 
EE.UU.: University of Chicago. (Trabajo original publicado en 1987).

-  Lakoff, G. y M. Johnson. (1986). Metáforas de la vida cotidiana. Col. Teorema. Cátedra. (C. González Marin, trad.) E.E.U.U.: University of Chicago. (Trabajo original publicado en 1980). 

- Lemke, J. (1995). Textual Politics. Londres: Taylor & Francis.

- Langacker, R. (1987). Foundations of Cognitive Grammar.
Theoretical Prerequisites, vol. I. Stanford: Stanford University Press.



[1] Egresado de la Licenciatura en Lingüística Aplicada (UAT) 


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Critica y propuesta de Schopenhauer a la Educación

Joaquín Solís Cuecuecha[1]

Introducción


A través de la historia de la humanidad, la educación ha ocupado un lugar privilegiado para las distintas culturas. Es y será la encargada de crear hombres con las aptitudes necesarias para el progreso de la humanidad. La iglesia, la escuela, la familia, forman parte importante de esta actividad, cada una con rasgos particulares, pero todas hacia el mismo fin, es decir, educar.

         La educación es de dos tipos: formal e informal. La formal es la que cuenta con un método de enseñanza, y el ejemplo más inmediato es la escuela; en cambio la informal tiene como exponente inmediato a la educación otorgada por los padres, pues en realidad nadie sabe cual es la forma correcta de educar a los hijos, se aprende en el camino y conforme a las circunstancias que se van presentando.

          Sea formal o informal el tipo de educación, en la sociedad se recurre a ella, con el fin de formar hombres íntegros, con valores y conocimientos que sean de utilidad para el desarrollo y progreso de la humanidad. Se le ha otorgado una gran responsabilidad, pues de su buen funcionamiento depende el avance, estancamiento o desastre del mundo, en ella recae la obligación de otorgar los instrumentos necesarios para la realización de un mundo mejor.

Antecedentes.

La historia de la humanidad nos muestra diferentes teorías educativas, en las que se propone los aspectos que se deben de tomar en cuenta para una correcta educación, a continuación menciono los que a mi parecer fueron los más destacados, resaltando la importancia del contexto histórico en el que se desarrollaron, pues la aceptación que tuvieron en su momento, dependió mucho de las circunstancias en las que se vivía en las distintas etapas de la historia. Aunque creo que muchos de los planteamientos expuestos en tiempos anteriores son rescatados en la actualidad.

         En la antigüedad existieron diferentes escuelas, sin embargo las más importantes fueron la de Pitágoras y Platón:

1.-En primer lugar, la más antigua es la escuela pitagórica, incluso anterior a la de los milesios. Los pitagóricos preparaban a hombres y mujeres en la música, la practica del silencio, astrología y por supuesto las matemáticas, pues consideraban de importancia a estas actividades para la vida venidera, pues hay que recordar que eran creyentes de la trasmigración de las almas.

2.-Por otra parte, Platón fue el fundador de la Academia, escuela en la que se instruía a determinados hombres en la música, filosofía, matemáticas, gimnástica, y otras actividades, con el fin de formar hombres integrales y lograr el Estado perfecto que anhelaba Platón.

         El Medioevo se vio caracterizado por limitar el conocimiento a los monasterios, educando primordialmente a los hombres dedicados al ámbito religioso. El Renacimiento dio gran importancia a la educación al mostrar al hombre como un ser capaz de realizar cualquier actividad que se propusiese, por lo que el educarse en la ciencia, magia, astronomía, entre otras actividades, permitían una mayor apertura en sus múltiples posibilidades.

         La Época Moderna se vio fuertemente influenciada por el estudio de las ciencias exactas, pero fue también el origen de un sinfín de posturas filosóficas acerca de la educación, quizás la más sobresaliente es la expuesta por Juan Jacobo Rousseau, quien  “en el Emilio se trata de educar al niño y después al adolescente para que puedan vivir en sociedad sin abandonar su bondad natural…”[2]

         Mi intención en el presente ensayo no es hacer una historia de la filosofía de la educación, sino revisar un poco la postura del filósofo alemán Arthur Schopenhauer y compararla con las políticas educativas actuales, pues considero que a pesar de haber sido un filósofo del Siglo XIX, su teoría puede ser aplicada a la actualidad. 


La critica de Schopenhauer a la educación Tradicional.

“Según la naturaleza de nuestro intelecto,
las ideas deben surgir por abstracción de nuestras percepciones…”[3]
Arthur Schopenhauer

Inicio con el epígrafe anterior, pues Schopenhauer consideraba que para educar a una persona lo primordial eran sus vivencias, su experiencia con el entorno, para posteriormente integrarle nociones que le ayudasen a desenvolverse en el. Sin embargo, en la educación actual sucede lo contrario, pues desde  temprana edad se comienza a llenar de nociones las mentes de los infantes, pero sin que ellos comprendan su significado, pues su corta o nula experiencia sobre los temas expuestos en las aulas de clases, no les permite entender tan complejos conceptos.

         De lo escrito anteriormente, se desprende que en la edad adulta existan personas ineficientes en sus labores cotidianas, pues se dedicaron simplemente a memorizar lo que los maestros les decían,  pero sin tener ni la mas remota idea de cómo aplicar esos conceptos en su vida cotidiana, dan por ciertos algunos supuestos que escucharon durante su educación y que se han dedicado ha repetirlos pero nunca a analizarlos. “La mayoría de los niños  propenden, por desgracia para todos, a satisfacerse con las palabras aprenderlas de memoria, en vez de comprender las cosas. Esta tendencia subsiste de por vida, siendo causa de que el saber de muchas personas instruidas no sea mas que simple verborrea”.[4]

         Schopenhauer considera que es de mucha importancia que nuestras vivencias sean lo primordial  de nuestra educación, de ellas depende su éxito.  Las vivencias nos darán las herramientas necesarias para comprender nuestro alrededor, la educación solo será un apoyo que nos orientara en los intereses que surjan a partir de las experiencias del día a día.

         Debido a que las experiencias y circunstancias en las que viven las personas son diferentes, no se puede educar de la misma  manera a una y a otra, pues sus experiencias e intereses son diferentes, por lo que es importante que los educadores antes que nada se detengan a visualizar a los alumnos para observar sus aptitudes. Aptitudes que se vislumbraran en cada persona con el transcurrir del tiempo, y que en el futuro permitirá que sus labores las desarrolle con regocijo y por tanto sean provechosas.

         Sin embargo, la pereza y falta de imaginación de muchos de los maestros no les permite que sean capaces de salir siquiera un poco de lo que dice el plan de estudios, y observar y convivir con los alumnos para una mejor educación, basada en el conocimiento de los verdaderos intereses de la cada uno de los integrantes de la clase. Creen que un alumno inteligente es aquel que aprueba las materias con altas calificaciones después de pruebas que solo califican la memorización y no la comprensión.

         Schopenhauer  escribe: “…los educadores, en vez de examinar con atención en el niño las facultades, ponderarlas y disponerse a desarrollarlas, solo se aplican a llenar su cabeza de ideas y hechos extraños”.[5] Nos encontramos ante un gran problema que acarrea la humanidad a través de su historia, pues en muchas ocasiones se cree que la educación es simplemente adquisición de conceptos, pero de nada sirven si no somos capaces de aplicarlos a nuestra vida. Se cree que con llenar de libros y lecturas a los estudiantes, será suficiente para crear al hombre integro tan anhelado  por la humanidad.

        Sin embargo Schopenhauer hace una critica incluso a los libros y a las lecturas,  dando mayor importancia a las experiencias del ser humano, pues considera que: “Si leemos, piensa otro por nosotros; sólo repetimos su proceso mental”.[6] Su postura hace hincapié, en que los libros nos quitan gran parte del trabajo de pensar, que es una capacidad que posee cada ser humano y que desarrolla conforme a las circunstancias de la vida.

         El alumno en muchas ocasiones parece incapaz de tener criterio propio, se apoya en la opinión de alguien más pues duda de su capacidad de emitir un juicio personal. Se ha acostumbrado a lo que los maestros y los libros le han relatado, olvidando que ellos mismos también tienen la capacidad de pensar y crear conciencia de su persona y su entorno. Su falta de criterio radica en la poca comprensión de los temas vistos en clase, se dedica a repetir, no perece pero tampoco sobresale, es uno más de los fracasos de la humanidad en su búsqueda del progreso, pues no ha aportado nada nuevo simplemente reafirma supuestos que cree verdaderos.

         Schopenhauer escribe: “Deberían inculcarse todas las nociones por la percepción… El niño recibirá entonces un breve número de nociones, pero estas serian profundas y exactas. Aprendería a juzgar según su propia capacidad, no por la de otros”.[7] El alumno estaría libre de los  prejuicios que los maestros pudieran traer en sus espaldas, siendo su mejor aliado la vida misma.  Se volvería una costumbre en el, emitir juicios personales, profundos, claros y lo más importante, aprehendería a ser independiente, en un mundo dominado por los medios de comunicación e instituciones que manipulan las cosas a su conveniencia.

         Schopenhauer expresa: “Importa, de otra parte, que los niños conozcan la vida en todos los ordenes, estudiándola primero en el original y después en la copia. Así, en vez de apresurarse a cargarles de libros, fuera mejor iniciárseles por grados en las cosas y en las circunstancias humanas”.[8] Es importante  que se adquieran las nociones del mundo real, que seamos capaces de adquirir nuestros conceptos a partir de nuestras vivencias y experiencias, pues solo así podremos comprender nuestro alrededor.

         En la edad adulta parece complicado deshacerse de los errores aprendidos en la niñez, por lo que es importante que la educación  sea efectiva desde temprana edad. La eficiencia no radica en la cantidad de conceptos que el alumno pueda memorizar, sino en lo que ha podido comprender de estas nociones, que pueden ser muchas o pocas pero lo importante radica en la capacidad de aplicar lo aprehendido en los problemas del día a día.

 Propuesta de Schopenhauer a la Educación

Schopenhauer nota que los errores que se aprenden en la infancia son de difícil desarraigo, pero también se da cuenta que el juicio que pueda poseer una persona sólo madura al cabo de algún tiempo.

         Considera que en los estudiantes menores de dieciséis años se deben inculcar  materias “…tales como las Matemáticas,…las Ciencias Naturales, la Historia, etc.”[9] Lo mencionado anteriormente, es por que son ramas del saber que pueden ser accesibles a cualquier edad. Son materias donde no cabe la especulación y por lo tanto son poco peligrosas. Esta etapa es el tiempo oportuno para registrar hechos y aprender a fondo los detalles.

         Después de los dieciséis años, después de que el juicio ha adquirido un grado de madurez,  pueden ser accesibles materias como: “la filosofía, la religión y las generalidades de todo orden…”[10] A partir de esta etapa, el juicio adquirirá mayor madurez y experiencia, pero debe de ser cuidadoso y recatado en hacer su aparición, pues todavía es susceptible a adquirir prejuicios que lo paralizarían para siempre.

         A la educación debe de dársele su tiempo, por tanto debe inculcarse en un orden claro los conocimientos a inculcarse en determinada etapa de la vida. La apresuración, -como mencione párrafos atrás- produce verborrea, que es fruto de la mala planeación de los sistemas educativos, pues engañan a los alumnos que con memorizar ciertos saberes son inteligentes.

         Schopenhauer, sabedor de que la juventud del hombre es breve, piensa que es necesario inculcarle saberes importantes y excluir el resto.  Parte de lo que es necesario para el hombre, otorgándole cursos graduados que se adapten al tipo de cultura general que cada individuo pueda lograr en las condiciones en las que se ha colocado. Schopenhauer escribe: “…el inicio de estos cursos es la enseñanza primaria indispensable, ampliándose hasta los temas tratados en filosofía”.[11] La revisión de estos cursos, propone Schopenhauer debe de ser cada 10 años, esto permitirá fortalecer al juicio que ira madurando durante el transcurso de la vida. 

Conclusiones.

Schopenhauer, parte de la crítica a la educación tradicional. De la crítica hace una propuesta que da un mayor protagonismo a las experiencias y condiciones en las que se desenvuelve el ser humano en el día a día. Esta propuesta otorga responsabilidad al individuo, pues de el depende el curso de su educación.

         La educación va en grados, dependiendo de la edad del estudiante, lo que permite que comprenda los saberes que le son impartidos en ese momento. Schopenhauer cree mas importante los conocimientos comprendidos, que la cantidad de conocimientos memorizados, pues los primeros son los que servirán para crear los fundamentos de un juicio personal, en cambio la memorización solo da origen a la verborrea.

         Schopenhauer considera que las vivencias son parte fundamental para la comprensión de nuestro alrededor, y no  la atiborración de nociones al cerebro, por lo que Schopenhauer piensa de la educación tradicional: “Tal educación es un engendro de cerebros irregulares […] Nuestro cerebro esta lleno de nociones  que nos esforzamos por aplicar, pero que aplicamos casi siempre mal.”[12]

         Considero, que la educación que tanto critica Schopenhauer es la que predomina en la actualidad, pues a muy pocos les interesa comprender, dan mayor importancia a aprobar cursos con altas calificaciones y honores pero siendo incapaces de emitir un juicio personal, el cual nunca fue formado


Bibliografía:


Schopenhauer, A. (2004) “La Sabiduría de la vida. En torno a la filosofía. El amor, las mujeres, la muerte y otros temas” México DF, Porrúa.

Xirau, R. (1990) “Introducción a la  Historia de la Filosofía” México DF, UNAM.

Romero, F. (1978) “Historia de la Filosofía Moderna” México DF, FCE.

Abbagnano, N. Visalberghin, A. (2004) “Historia de la pedagogía” México DF. FCE.
 
 

[1] Egresado de la Licenciatura en Filosofía en la UAT
[2]  Ramón Xirau, Introducción a la Historia de la Filosofía. El camino de la crítica: La Ilustración, Página 257.
[3] La Sabiduría de la vida. En torno a la filosofía. El amor, las mujeres, la muerte y otros temas, La educación, Página 278.
[4]  La Sabiduría de la vida. En torno a la filosofía. El amor, las mujeres, la muerte y otros temas, La educación, Página 279.
[5]  La Sabiduría de la vida. En torno a la filosofía. El amor, las mujeres, la muerte y otros temas, La educación, Página 278.
[6]   La Sabiduría de la vida. En torno a la filosofía. El amor, las mujeres, la muerte y otros temas, Libros y lecturas, Página 396.
[7]  La Sabiduría de la vida. En torno a la filosofía. El amor, las mujeres, la muerte y otros temas, La educación, Página 279, 280.
[8]  La Sabiduría de la vida. En torno a la filosofía. El amor, las mujeres, la muerte y otros temas, La educación, Página 280.
[9]  La Sabiduría de la vida. En torno a la filosofía. El amor, las mujeres, la muerte y otros temas, La educación, Página 280.
[10] La Sabiduría de la vida. En torno a la filosofía. El amor, las mujeres, la muerte y otros temas, La educación, Página 280.
[11]  La Sabiduría de la vida. En torno a la filosofía. El amor, las mujeres, la muerte y otros temas, La educación, Página 281.

[12]  La Sabiduría de la vida. En torno a la filosofía. El amor, las mujeres, la muerte y otros temas, La educación, Página 278.


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EL 68 EN EL ESBOZO DE UNA PRESUNTA HISTORIA POLÍTICA DEL MÉXICO CONTEMPORÁNEO[1]
René Vázquez García

La primera duda que me asaltó cuando amablemente me invitaron a participar en la conmemoración que nos reúne este día fue cómo entrarle al tema. ¿Cómo filosofar sobre el 2 de octubre del 68? Después de pensarlo un poco decidí, uno no puede negar la cruz de su parroquia, esbozar un ejercicio de filosofía de la historia y filosofía política en perspectiva kantiana. ¿Qué quiere decir esto? Significa tratar de responder, aunque sea de manera esquemática y provisional, a preguntas como las siguientes: ¿Cómo entender racionalmente, es decir, teórica y prácticamente, la matanza de Tlatelolco? ¿Qué significado político tiene el dos de octubre en el marco de la historia política contemporánea de nuestro país? ¿Qué sentido darle a ese conjunto de acontecimientos que desembocaron en lo que hoy recordamos? Nuestro punto de partida es que no podemos simplemente quedarnos con que la matanza de Tlatelolco fue producto de la irracionalidad humana, divina o cualquier otra entidad que se nos ocurra. Eso implicaría aceptar que la historia y la filosofía no tienen nada que decir al respecto. No. Se trata de racionalizar este suceso de nuestra historia. Pero, ¿cómo? De entrada advierto que no pretendo hacerle al historiador, no tengo ni la formación necesaria ni la intención para semejante despropósito. Sólo pretendo que el juicio que hago sobre el tema que nos ocupa no contradice algunas interpretaciones de historiadores autorizados por sus comunidades epistémicas. Más bien se apoya en ellas. Ya sabemos que hay muchas maneras de interpretar los acontecimientos históricos, incluso opuestas. Aceptando de entrada que hay muchas maneras de hacer la historia, ahora les propongo una caracterizada por lo siguiente: A partir del conocimiento histórico que tenemos de los acontecimientos que antecedieron, constituyeron y siguieron a la matanza de Tlatelolco, encontrar un significado en términos de la práctica humana, un sentido desde la acción nuestra, incluso un significado moral, en el marco de la historia política de nuestro país. Pero no se trata de dejarse llevar por la especulación sin más, por elucubraciones sin ton ni son, sino más bien en tratar de esbozar una teoría política en el sentido propuesto, entre otros, por el filósofo mexicano Enrique Serrano: “El aspecto narrativo de las teorías políticas representa la mediación entre la teoría y la práctica. A través de la narración no sólo se intenta acceder a una explicación coherente de los hechos, sino también ofrecer un sentido que permita orientar y coordinar las acciones” (2001: 70). En pocas palabras se trata tanto de explicar históricamente ese conjunto de acontecimientos que tiene como un momento culminante el 2 de octubre del 68, como de encontrarle un sentido, un significado, incluso moral, a esos acontecimientos, que nos permita orientarnos en la comprensión de la historia política de nuestro país. En terminología más kantiana se trata de armar una narración verosímil de la presunta historia política de nuestro país, en la cual enmarcar la explicación y el sentido del 68 mexicano, apoyados en la historia, pero que, al mismo tiempo, sea correcta moralmente, esto es, que nos permita ver el sentido jurídico e institucional del mismo. Desde esta perspectiva la pregunta es: ¿Cómo explicar y darle un significado moral a los acontecimientos que constituyen lo que conocemos como el 2 de octubre del 68? Para plantearlo más dramáticamente ¿Cómo racionalizar la matanza de cientos de seres humanos ocurrida hace ya 41 años?

Para esbozar una respuesta a este tipo de preguntas tuve que leer algunos materiales, como artículos de fondo sobre el 68, entrevistas realizadas a los líderes del movimiento estudiantil, libros de historia de México, etc. A partir de esta revisión les propongo la siguiente explicación y comprensión del significado del 68 en el marco de una presunta historia política del México contemporáneo. Apoyándome principalmente en los planteamientos del historiador Lorenzo Meyer (1998: 1275), parece razonable dividir la historia del México del siglo XX, especialmente desde el período revolucionario hasta los 70 por lo menos, en dos grandes etapas: 1) La primera, que comprendería desde el conflicto revolucionario hasta poco antes de los 40, tendría como tarea central y principal tema de debate entre las fuerzas políticas activas del país la estructuración del sistema político y social mexicano. Como escribe Meyer, “el proceso de consolidación fue largo, penoso y lleno de accidentes”. Estaríamos ante una etapa bastante turbulenta en la que se fueron estableciendo los acuerdos básicos entre las fuerzas políticas posrevolucionarias; 2) La segunda etapa, que para Meyer empezaría en diciembre de 1940 cuando el presidente Cárdenas dejó el poder al general Manuel Ávila Camacho, estaría caracterizada porque las estructuras centrales del nuevo sistema político habían tomado ya forma y consistencia. Textualmente escribe Meyer sobre esta etapa: “Lo que habría de distinguir al período histórico que se inicio entonces sería, por un lado, una notable estabilidad política y, por el otro, un ritmo veloz de crecimiento y diversificación de la economía. Con el dinamismo de ésta ─que en pocos años cambió la faz del país─ contrastó la persistencia de la organización y los hábitos políticos” (1998: 1275). De tal manera que el 68 podemos entenderlo en el contexto de un país que crecía económicamente, el famoso “milagro mexicano”, con todas las consecuencias que trajo la bonanza económica, pero con hábitos, instituciones y prácticas políticas anquilosadas, arcaicas, prácticamente iguales a las de los 40. En pocas palabras, hay un desfase entre el desarrollo económico y político. Me parece que aquí estaría una clave para comprender el acontecimiento que nos ocupa. No obstante, me parece fundamental resaltar algunos de los momentos fundamentales para entender la historia política de nuestro país en el siglo XX. Siguiendo la interpretación de Lorenzo Meyer (1998) esquematizaría la historia política de nuestro país del siguiente modo: 1) Nuestra historia política contemporánea se debate, hasta hoy incluso, entre una separación, al inicio abismal, entre el deber ser y el ser. Es decir, entre las reglas de los sistemas democráticos y liberales, pensados bajo el modelo norteamericano y europeo como un sistema democrático de sufragio universal, republicano y federal, sintetizadas en la constitución de 1917, y una práctica política que se aleja de tales principios, como el inexistente pluralismo, el presidencialismo y el centralismo, entre otros (1194 y 1195[2]y 1302 y 1303). Sobre esto es importante no olvidar, como escribe José Woldenberg, que “desde 1918 en México jamás dejó de celebrarse una sola elección” (2006: 315), pues estas tuvieron un papel importante en la manutención del stutus quo ; 2) “El sistema político contemporáneo se formó en las décadas de los años veintes y treintas, antes de que los grupos organizados importantes en la actualidad ─los empresarios, los sectores medios y los obreros─ estuvieran claramente conformados. Simplificando. Puede decirse que la élite dirigente consolidó primero su poder y luego fue admitiendo a los otros actores al juego político, siempre en calidad de subordinados” (1311, 1312); 3) La revolución permitió que una parte de los sectores medios marginados, en alianza con grupos campesinos y obreros, accediera a participar en la vida pública (1204); 4) Con Miguel Alemán la institucionalización de los procesos políticos había logrado convertir al ejército en un instrumento del gobierno central privándolo de su capacidad de intervenir directamente en las decisiones políticas (1300); 5) La oposición política durante muchas décadas en México fue una “oposición controlada”, institucionalizada, que legitimaba un sistema formalmente democrático (1197). En palabras de Meyer “su presencia permitió el mantenimiento de las formas democráticas liberales sin llegar a poner en peligro el monopolio real del poder” (1311).

            Pasando ahora a caracterizar el período en el que se ubica la matanza del 68, que Meyer considera que abarca de los 40 a los 70, podríamos destacar los siguientes aspectos: 1) “La extraordinaria estabilidad del sistema político mexicano entre 1940 y 1970 se debió en buena parte a un partido dominante, a través del cual se reclutaron los cuadros políticos y se controló la actividad política de las grandes organizaciones de masas siguiendo las directivas del presidente” (1322). A esto le llama José Antonio Crespo (2006: 401) “el corporativismo autoritario”, que sería el gran invento político del siglo XX mexicano y que caracterizaría al Estado centralizado y sofisticado que tuvimos; 2) Prácticamente no hay cambios políticos relevantes, en cuanto “Las estructuras y formas de participación se mantuvieron más o menos iguales a lo largo del periodo”. Pues aunque Meyer acepta que tanto la iniciativa privada organizada como algunos sectores medios ganaron en importancia, “de todas formas la preponderancia del Estado ─en particular del poder Ejecutivo─ sobre las acciones y demandas de todos los actores del sistema se mantuvo” (1352). Nada más destacaría que por ahí del 53, si la memoria no me falla, las mujeres son reconocidas como ciudadanas, es decir, se les reconoce el derecho a tener derechos. Que no es poca cosa si consideramos que representan la mitad de la sociedad y que de ahí se han derivado cambios fundamentales para entender nuestra situación actual. Si bien en este período de 30 años no parece haber tenido consecuencias políticas importantes; 3) “El problema de la incorporación al proceso productivo de una población siempre en aumento tuvo repercusiones no sólo en los grupos marginales, sino que pareció afectar incluso a sectores de las clases medias. Éstas, con una capacidad mayor para articular sus demandas, fueron las que provocaron algunos de los conflictos políticos más espectaculares del periodo. Empezaron a surgir en la década de los cincuenta entre algunos de los sectores obreros más organizados y privilegiados, como los ferrocarrileros, y grupos de clase media particularmente vulnerables, como los maestros de enseñanza primaria. Las manifestaciones de descontento continuaron en la década siguiente y culminaron con las demostraciones antigubernamentales masivas en la capital durante el verano de 1968. Hasta ese momento la clase media se había desarrollado y beneficiado del crecimiento económico auspiciado por la Revolución, pero en la última década del periodo las oportunidades empezaron a ser menores y a producirse taponamientos en los canales de movilidad social […] las posibilidades desestabilizadoras de los sectores descontentos de la clase media quedaron limitados por su poca capacidad de movilizar a otras clases en un frente común” (1354); 4) Fue con el gobierno de Díaz Ordaz que el modelo desarrollista fue cuestionado con manifestaciones de descontento por sectores de la clase media, en concreto el sector estudiantil. Antes de eso esta clase había sido el sostén del sistema. ¿Por qué este cambio? Porque disminuyeron las posibilidades de participación política y ascenso social.

Hasta aquí la reconstrucción esquemática de la historia política de nuestro país hasta los 70. Recordemos la pregunta que tratamos de responder: ¿Cómo explicar y darle un significado moral a los acontecimientos que constituyen lo que conocemos como el 2 de octubre del 68? Como respuesta me parece que podemos argumentar razonablemente que la matanza de Tlatelolco fue un signo fundamental del inicio del agotamiento del sistema político mexicano posrevolucionario ya caracterizado. Es tal vez el acontecimiento que marca el inicio de la lucha en nuestro país por hacer realidad las concepciones democrático liberales prescritas en la constitución de 1917. En esta lectura coincidirían analistas políticos como José Woldenberg quien escribe lo siguiente: “A mediados de los setenta México era un país convulso que no se reflejaba en los procesos electorales. El movimiento estudiantil de 1968 constituye una advertencia histórica, el primer episodio en el que emerge con gran energía y masivamente el reclamo democrático” (2006: 321). También es el parecer de Arnoldo Martínez Verdugo (1998: 5 y 6), quien fuera secretario general del Partido Comunista Mexicano. Pues en una entrevista publicada en septiembre de 1998, considera que el movimiento estudiantel es una respuesta al problema de la falta de democracia, a las restricciones en las libertades políticas que se sufrían en el país. Por último mencionaría la opinión de Raúl Álvarez Garín (1998: 13), quien junto con Gilberto Guevara Niebla fue de los principales líderes del movimiento estudiantil, para quien las explicaciones económicas (por ejemplo la disminución de perspectivas de trabajo para los profesionales jóvenes recién egresados de la universidad) no le parecen causas determinantes de los movimientos estudiantiles del 68. Más bien parece que se comprende mejor el movimiento desde una dimensión política. Aquí cabe señalar que para Guevara Niebla (1993: 33) el movimiento estudiantil tuvo fuerza mientras conservo su carácter pacífico y legal, es decir, político; en cuanto empezó a aparecer la violencia “los estudiantes se desorganizaron y perdieron gradualmente su capacidad de respuesta”. Incluso considera que ya antes del 2 de octubre el movimiento “vivía una catástrofe” en cuento a fuerza organizacional y de convocatoria. En todo caso, sin duda el 2 de octubre de 68 es un acontecimiento más, sin duda fundamental, en una serie de luchas que ya venían de años atrás, especialmente de la década de los cincuenta y que continuaron años después hasta hoy, por lograr mayores libertades políticas para los ciudadanos de nuestro país; para lograr consolidar el régimen democrático. ¿Qué significado moral le podemos atribuir a ese acontecimiento? Qué es uno de los momentos clave en la historia política de nuestro país en la lucha por institucionalizar, por concretar, por hacer efectivos los procedimientos democráticos y las libertades políticas que implica. En ese tenor consideramos acertado el juicio que hace José Antonio Crespo (2006: 407) cuando escribe que: “En México la protesta ciudadana, ante el fracaso del movimiento de 1968 (y su réplica en 1971) y de la lucha guerrillera, fue expresándose en las urnas conforme las condiciones de competencia se abrieron gradualmente y algunos triunfos de la oposición fueron reconocidos”. Otros de estos momentos clave en la lucha y consolidación gradual de la democracia y las libertades políticas en nuestro país podrían ser los siguientes: la organización de la sociedad civil como respuesta al terremoto del 85, las movilizaciones ciudadanas para defender el voto y el supuesto triunfo de Cuauhtémoc Cárdenas en el 88, las reformas electorales de los 90 que dan origen, entro otras instituciones al IFE, el levantamiento neozapatista en el sureste mexicano, la alternancia en el poder ejecutivo en el 2000, etc. Todos estos acontecimientos de alguna manera presuponen el movimiento estudiantil de 68 como parte de un proceso en el que en nuestro país pasaríamos, para decirlo con la dicotomía que propone José Antonio Crespo, de súbditos a ciudadanos. Proceso que, a decir de Woldenberg, tendría como saldo positivo las siguientes características de nuestra vida política actual: “en México hay pluralismo, partidos con arraigo, ciudadanos participativos, competencia real, elecciones creíbles, alternancia en todos los niveles, separación de poderes, lenta revaloración del derecho, federalismo en expansión y una activa fiscalización de la vida pública por parte de los medios y la sociedad civil” (2006: 337).

Bibliografía
Woldenberg, J. (2006) Partidos y elecciones en México. En voz alta. Testimonios de medio siglo.           México. ISSSTE, 315-339.
Crespo, J. A. (2006) El mexicano frente al poder. En voz alta. Testimonios de medio siglo. México.       ISSSTE, 381-417.
Serrano, E. (2001) Filosofía del conflicto político. Necesidad y contingencia del orden social.      México. UAM-I/Miguel Ángel Porrúa.
Guevara, G. (1993, Octubre) Volver al 68. Nexos, 31-43.
Concheiro, E. y Fuente, G. (1998, Septiembre) Entrevista con Arnoldo Martínez Verdugo.        Comprometidos con el movimiento. Memoria, 4-10.
Álvarez, R. (1998, Septiembre) El decenio de los sesenta en México. Memoria, 11-15
Meyer, L. (1998) El primer tramo del camino y La encrucijada. Historia general de México 2. México. El colegio de México.



[1] Intervención leída en una mesa redonda titulada “Reflexiones sobre el 68”, realizada el 2 de octubre de 2009 en la FFyL de la UAT.
[2] Para simplificar el aparato crítico sólo señalo entre paréntesis las páginas donde encuentro los planteamientos del historiador.



METAXY NÚMERO 8

b) DIÁLOGOS SON "S" DE SÓCRATES


HACIA UNA RAZÓN POÉTICA
(consideraciones generales de una vía posible)
 Moisés Robles Gómez 
Egresado de la Licenciatura en Filosofía por la UAT
Los primeros filósofos iban errantes.
Iban aquellos filósofos solos, separados de los dioses
mas no de la poesía. ¿Qué nuevo género de poetizar era éste?
Y el nombre de filósofos antes había sido dado por los pitagóricos
que iban solos como un animal desconocido,
con una meta desconocida o sin meta alguna,
en una especie de presente inicial, único.
(María Zambrano, los Bienaventurados)

Sin duda, el título y el epígrafe que se ha elegido para la presentación de éste escrito no es nada novedoso y de inmediato nos delata en cuanto a nuestras bases teóricas. Hablar de “razón poética” nos remite inmediatamente al pensamiento de la filósofa española María Zambrano (1904-1991), de la que puede decirse mucho y, sin embargo, sigue sin ser justo a nuestra apreciación, el interés y el reconocimiento de su trabajo intelectual, por parte de los estudios filosóficos contemporáneos.
No sólo el  pensamiento de Zambrano ha sido alejado de las grandes reflexiones de los estudiosos de la filosofía, sino además, en algunos momentos se ha visto con desdén y de reojo, por  parte de quien cree ver en sus aportaciones un ejercicio de reflexión literaria, con tintes filosóficos en el mejor de los casos. Sin embargo podemos decir en contrapeso de lo anterior, que a últimos tiempos y dentro de la misma filosofía, es notorio el interés no sólo por el pensamiento de la filósofa española, sino además, por todo aquello referente a la poesía, vista ahora también, como vehículo de pensamiento y manifestación del Ser en relación a su propia construcción lingüística, que no deja de ser ontológica y por tanto axial en el devenir histórico-existencial del hombre.
Las razones de tal interés pueden ser varias y distintas; en lo personal observamos en la crisis de la razón moderna que a todas luces vivimos, una de las más grandes, allende de otros motivos igualmente importantes. Por lo anterior, María Zambrano, se muestra ante nosotros como una figura indispensable en estos avatares filosóficos, los cuales juzgamos, pueden tener repercusión importante en la recuperación del hombre como sujeto trascendente ante un panorama cultural, social y epistémico bastante complejo. Con Zambrano, asistimos a una re-fundamentación de la razón como brújula en el caminar del hombre, además de una reorientación frente a la manifestación de lo otro, aquello que ha estado entre sombras a la par de esta marcha acelerada del pensamiento, en su intento por hacer comprensible lo inconmensurable de la realidad.
Tenemos que decir lo que es conocimiento común de todos: un filósofo nunca está solo y su pensamiento, es una serie de amalgamas de otros tantos pensamientos, que han dejado en sí la impronta de aquellos que le antecedieron. Lo mismo sucede con María Zambrano, cuya punta de lanza cobra impulso en el brazo de la historia. Son muchos e importantes aquellos filósofos (maestros y compañeros de Zambrano en su búsqueda filosófica), que sirvieron directamente a María Zambrano en su labor intelectual: Heráclito, Pitágoras, Platón, Aristóteles, Plotino, Baruch Spinoza, Federico Nietzsche, Martin Heidegger, Ortega y Gasset entre otros tantos. Nombres que podemos mencionar como una muestra clara de manifestación y opción epistemológica de otra forma igualmente racional de acceder al conocimiento.
            De eco nietzscheano, de resonancias románticas, pero fundamentalmente de raigambre dionisíaco-órfico-pitagórica, el “descenso a los ínferos” define no sólo el trayecto que ha de realizar  la razón poética zambraniana, sino también la experiencia fundamental del ser, del ser del hombre que, […] remite a Zambrano a una de las más importantes categorías ontológicas en su obra: la vida.[1]
Así como mencionamos las influencias directas que recibe Zambrano, cabe justo en este momento decir que existen otros filósofos, pensadores, poetas y artistas, que en nuestro caso particular, miramos como indispensables, al momento de indagar en las condiciones que en el hombre son esenciales y que se requieren para llegar a aquello que ya la filósofa nacida en Málaga, ha nombrado como “razón poética”. Para tal fin es necesario prestar atención al pensamiento y a las aportaciones de personajes como George Steiner, Hans Georg Gadamer, Ramón Xirau, Octavio Paz, Antonio Machado, Hölderlin, y algunos otros filósofos y artistas del romanticismo, pues con ellos podemos tener claridad en cuanto a la relación que sostiene la filosofía con la poesía y atisbar las implicaciones teóricas y prácticas de un pensamiento de tal naturaleza.
De dicho modo y bajo la propuesta teórica de la tradición filosófica en la que vemos insertadas nuestras reflexiones, opinamos que existen los elementos para sostener que otra razón es posible y que las búsquedas reflexivas y los intentos por reunir la potencia del logos filosófico y poético son un camino importante para re-andar la historia que ha forjado la razón misma, con tal que una recuperación pronta del sentido del hombre, como ser que está siendo en el mundo y que de un modo u otro parece haber olvidado, sea posible; como diría Zambrano, se trata de la “reforma del entendimiento”.
Para ello habremos de revisar aquel desgarramiento angustiante del hombre, donde tiene cabida, aquella lucha interna entre poesía y filosofía por entronizarse en su propio ser y hacer de él, un modo de vida determinada que escindida termina en un esfuerzo insuficiente, en el intento por comprender el mundo y dirigir sus propios pasos:
            “A pesar de que en algunos mortales afortunados, poesía y pensamiento hayan podido darse al mismo tiempo y paralelamente, a pesar de que en otros más afortunados todavía, poesía y pensamiento hayan podido trabarse en una sola forma expresiva, la verdad es que pensamiento y poesía se enfrentan con toda gravedad a lo largo de nuestra cultura. Cada una de ellas quiere para sí eternamente el alma donde anida. Y su doble tirón puede ser la causa de algunas vocaciones malogradas y de mucha angustia sin término anegada en la esterilidad. Pero hay otro motivo más decisivo de que no podamos abandonar el tema y es que hoy poesía y pensamiento se nos aparecen como dos formas insuficientes […] No se encuentra el hombre entero en la filosofía; no se encuentra la totalidad de lo humano en la poesía.”[2]
Así el hombre es presa de una naturaleza escindida, pero justamente en esta división interna encontramos un horizonte de plenitud existencial de la humanidad, si de modo alguno se lograse una unión entre razón y poesía, no dudamos que el panorama de todos los hombres estaría teñido en otra configuración más llevadera. Esto creemos es posible y con ello adelantamos nuestras esperanzas en el hombre mismo. Existe una vía segura para la solución del conflicto histórico y filosófico que intentamos plantear y es justamente la Palabra, el logos del filósofo y el logos del poeta, pues como dice Ramón Xirau: “la palabra es previa como el fundamento es previo a las fundaciones. Solamente porque estamos construidos, esencialmente, por la Palabra podemos construir, edificar, hablar, decir para acercarnos a la Palabra.”[3] De otra manera, la incesante marcha de la razón parece estéril, pues mientras exista la exclusión y la negatividad a una apertura hacia lo otro (en éste caso la poesía u otra manifestación artística y humana en apariencia poco racional), lo que pueda conocerse, será sólo una parcialidad de la realidad que choca con sus propios límites, pues como bien dice Zambrano, un conocimiento verdaderamente fecundo sólo brotará de unas entrañas enamoradas, es decir, de un alma que comparte una necesidad común en el quehacer poético-filosófico, en el que el Ser se manifiesta plenamente mediante la consecución de asideros que dan sentido a la existencia del hombre.
El problema no es sencillo toda vez que no es nuevo, la confrontación entre poesía y filosofía de la que intentamos dar cuenta se manifiesta a lo largo de la historia de la filosofía.
            “[…] acompaña  todo el camino del pensar occidental, que se diferencia de todo discurso de la sabiduría oriental porque tiene que sostener en sí esta tensión. Platón habla de la antigua discordia (palaiá diáforá) entre poesía y filosofía, expulsa su poesía de su reino de las ideas y del bien y la acoge en sí mismo, narrador de mitos que sabe mezclar con sabiduría inimitable la solemnidad y la ironía, la lejanía del decir y la claridad del pensar.” [4]
La pregunta entonces es: ¿cuál es el medio para configurar una unión entre poesía y filosofía? La respuesta parece ser que sólo en el lenguaje es posible tal unión y sin embargo, podría al mismo tiempo ser una limitante metodológica para entender plenamente el problema que ahora tratamos, pues, lo que buscamos no es el medio en el que se puede expresar tal especie de simbiosis; cabe aquí señalar que hablar de razón poética no supone una simple postura esteticista del lenguaje, por supuesto que no está peleado el bien decir o el bien escribir con el bien pensar, pero a lo que nos referimos y se refiere María Zambrano es a la recuperación de la acepción ontológica del término griego poiesis, que refiere más bien a una acción creativa en la que se han de hacer semejantes el poeta y el filósofo. Creación de una nueva razón y luego entonces, de un nuevo lenguaje que opere con las mismas funciones lógicas, pero que a su vez, dé cabida a aquello “distinto” que hasta ahora ha quedado relegado como lo irracional y por tanto, como aquello que es cualquier cosa menos conocimiento.
            “El discurso de la razón poética, tanto en sentido fenomenológico como ontológico, es descriptivo antes que prescriptivo. La razón poética re-describe, sobre la base de múltiples interpretaciones y herencias, cada consideración y aproximación sobre una realidad que no es siempre la misma […]. Es en este nivel donde cobra pleno sentido el carácter creador, poiético de la reforma del entendimiento y la racionalidad zambraniana.”[5]
De esta manera vamos atisbando una posible cooperación, en el sentido pleno que esto implica, entre filosofía y poesía. La filosofía por un lado dirige las esperanzas humanas en un marco de lo posible racional, intentando dar cuenta de las condiciones necesarias para comprender el mundo y el mismo hombre. Por su parte, la poesía abre mediante el uso de la metáfora un horizonte interpretativo de realidad, es decir, lanza al hombre a interpretar aquello que ya la razón había vislumbrado pero que no agota, por imponerse antes que compartirse. Mediante esta amplitud interpretativa catalizada por la poesía, la dicotomía finitud e infinitud, crea un campo de tensión que ya no imposibilita al hombre, sino lo impulsa, al redescubrimiento de otros accesos de conocimiento que la razón había vetado por parecerle demasiado oscuros y poco lógicos. Una razón poética implicará entonces, una apertura a aquello oculto en la sencillez de las cosas y de las palabras y no necesariamente revelado en los grandes sistemas filosóficos, pues como menciona Heidegger cuando habla de la poesía de Hölderlin, “la palabra como palabra no ofrece nunca inmediatamente la garantía de que es una palabra esencial o una ilusión. Al contrario una palabra esencial, a menudo toma, en su sencillez, el aspecto de inesencial.”[6] De esta manera si filosofía y poesía esta asemejadas en la palabra, podremos dudar de lo que ambas nos dicen, para al mismo tiempo, confiar en sus voces escuchadas desde distintos ángulos y con distintos tonalidades.  
Así, nuestros esfuerzos van encaminados a entablar un diálogo con aquellas posturas filosóficas, que intentan librar al hombre de su mundo de ficción y apariencias en las que habita encadenado y que le impide el acceso a la realidad, la verdadera realidad. Por nuestra parte creemos que la poesía acompañada de una fuerte interpretación y escucha de la razón, también, nos permite acceder a esa realidad, aún quizás desde dentro de esa caverna, en la que el hombre se refugia siempre de lo contingente del mundo y que se manifiesta como menciona Zambrano, en el mundo de la forma-sueño que también tiene mucho que decirnos, a veces en tono de susurro y otras tantas como grito desgarrador, que anuncia un hallazgo verdadero y trascendente.

Bibliografía

Rivara Kamaji Greta, “la tiniebla de la razón”, la filosofía de María Zambrano, Itaca, 2006
Zambrano María, Filosofía y poesía, FCE, 2006

Xirau Ramón, Palabra y silencio, Siglo XXI editores, 1968

Gadamer Hans-Georg, Estética y Hermenéutica. Tecnos, Madrid, 2001

Martin Heidegger, Arte y Poesía, Buenos Aires, F.C.E, 1992.



[1] Rivara Kamaji Greta, “la tiniebla de la razón”, la filosofía de María Zambrano, Itaca, 2006, pg. 88
[2] Zambrano María, Filosofía y poesía, FCE, 2006, pg. 13
[3] Xirau Ramón, Palabra y silencio, Siglo XXI editores, 1968, pg. 120
[4] Gadamer Hans-Georg, Estética y Hermenéutica. Tecnos, Madrid, 2001, pg. 173
[5] Rivara Kamaji Greta, op. Cit. Pg. 84-85
[6] Martin Heidegger, Arte y Poesía, Buenos Aires, F.C.E, 1992.



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 Como si camináramos hacia la paz perpetua
  (Filosofía de la historia kantiana)

“Que pese menos el pasado o se recuerde al menos todo
Que no cambien a su modo un episodio de historia”
Bunbury
Karen Cautle
Egresada de la Licenciatura en Filosofía por la UAT

El estudio de la Historia encierra enigmas porque se trata de un fenómeno que nunca se repite, el pasado es irremediable y el presente es un incómodo heredero, pues cuando juzga los hechos pasados lo único que hace es juzgarse a sí mismo. Cuando la razón se cuenta así misma una historia total, es decir un pasado, presente y futuro trata de determinar su sentido general descubriendo cuáles son las leyes que le rigen y por lo tanto qué hechos ocurrirán. De estar forma tratamos de darle a la historia orientación, una finalidad. A este tipo de teorías se le conoce como filosofías especulativas de la historia. El ser de la historia es un Todo que abarca pasado, presente y futuro. En este sentido el principal objetivo de este tipo de filosofías es descubrir el tipo de teorías que corresponden a la totalidad de la historia. Tales filosofías no sólo se quedan en el nivel descriptivo (donde se muestra una constante entre los acontecimientos pasados), sino que intentan dar una explicación, conectar los hechos históricos y otorgar una teoría que no sólo responda por el pasado, sino que también proyecte un futuro.

 Comúnmente se cree que con Hegel inicia este tipo de filosofías, pero ya se encuentran los gérmenes de la especulación histórica en Herder, Kant, Scheller y Fichte. Estos pensadores se enfrentan a la idea de que la historia es una cadena de acontecimientos conectados, más o menos entre sí, en la que no se puede encontrar ningún plan o norma, es decir que carece de finalidad. Para evitar esta visión pesimista habría que elaborar una filosofía de la historia que revele la racionalidad que subyace en el curso de los acontecimientos históricos manifestando el plan bajo el cual la historia se produjo. Un tratamiento así entra en el plano de la metafísica y no de la teoría del conocimiento, como se venía creyendo. El por qué de estas teorías se entiende mejor cuando nos afrontamos al vergonzoso sentimiento que aparece cuando dibujamos a la historia sin sentido, que no hay razón para que los hombres actúen de tal forma, los sufrimientos y desastres resultan insignificantes, en la naturaleza humana hay un enorme elemento que se niega a aceptar esta conclusión.
           
Para hacer una meta-reflexión[1] histórica, es necesario visitar disciplinas más generales de la filosofía como lo es la epistemología. Existen tres tipos de modelos acerca del conocimiento[2], el segundo modelo[3] es de corte idealista, el sujeto determina al objeto a partir de su aparato conceptual, le da orden al objeto, la verdad se encuentra en el orden que le doy al mundo que se encuentra fuera de mí. En este contexto encontramos como máximo exponente a Kant.

Immanuel Kant, filósofo alemán que nace en 1724 y muere en su ciudad natal ochenta años después (1804) se enfrenta a las disputas que existen entre las dos teorías epistemológicas más importantes de su tiempo (empirismo y racionalismo), también se pregunta por el carácter y la posibilidad de un conocimiento metafísico, por último atiende cuestiones morales, por ello en la teoría kantiana no hay un verdadero interés sobre lo que la historia es, y lo que podemos decir de este aspecto en se retoma de algunos ensayos que escribió para su publicación en distintas gacetas, como hilo conductor de la exposición usaré su artículo Idea de una historia universal en sentido cosmopolita (1784), texto de donde se extraen las ideas más importantes sobre lo que es la historia para el filósofo alemán. Kant se limita a esbozar una idea de lo que sería una filosofía de la historia, aunque él mismo no lo hace. En este campo encontramos que la historia se encuentra íntimamente ligada con la moral y el cumplimiento del deber.


En la Crítica de la razón pura Kant se propone examinar la razón pura (es decir sin experiencia), intenta explicar cuál es su funcionamiento para saber cómo es posible la ciencia. Se trata de un estudio previo para conocer los límites de la razón, de esta forma indagar sobre los orígenes de la metafísica.
           
Para el alemán el entendimiento está dividido en tres partes: la sensibilidad, aquella que nos da los objetos del mundo, en un segundo momento se encuentra el intelecto el cual piensa los objetos dados por la sensibilidad  y los convierte en conceptos. Estos dos primeros niveles constituyen propiamente lo que es el conocimiento científico, empero existe un tercer nivel de entendimiento y es la razón restringida, en este punto surgen las ideas reguladoras que le dan sentido y unión a todos los pensamientos, la función de la razón restringida es práctica, es decir tiene un carácter moral.

A priori lo único que puede conocer el intelecto es la forma de una experiencia posible en general (gracias a las categorías), por sí solo el intelecto no puede determinar ningún objeto y por tanto no puede conocerle antes de la experiencia. El intelecto y la sensibilidad pueden determinar los objetos cuando están unidos, si los separamos tendremos intuiciones sin conceptos o conceptos sin intuiciones, en ambos casos representaciones que no se pueden referir a ningún objeto determinado; por ese motivo no podemos avanzar más allá del fenómeno. Así que el conocimiento humano sólo se limita a los datos dados por la experiencia, estos datos pueden ser estudiados y gracias a ellos se crean ciencias que son universales, sin embargo cuando el intelecto viaja más allá de la experiencia el espíritu humano cae irremediablemente en el error porque los objetos de estudio de la metafísica no pueden ser aprehendidos por la razón (porque no tenemos experiencia sensible de ellos), empero el intelecto de los seres humanos tiene una tendencia natural hacia ellos. Cuando se intenta dar solución a los objetos de la metafísica el entendimiento cae en lo que el alemán denominó Antinomias de la razón, argumentos bien estructurados que pueden dar cuenta de la existencia de algo o de su inexistencia.

  Las ideas propias de la metafísica no son meras ilusiones, son esquemas que sirven para ordenar la experiencia y para otorgarle la máxima unidad posible, se aplican como reglas para sistematizar de manera orgánica los fenómenos: como si. Estas ideas de la razón sirven como principios heurísticos, no ensanchan nuestro conocimiento acerca de los fenómenos, sino que se limitan a unificar el conocimiento regulándole de manera constitutiva.

La filosofía de la historia que traza Kant está íntimamente ligada con su pensamiento ético. Para el alemán las leyes que nos rigen moralmente no se pueden determinar después de la experiencia, más bien tiene que suceder lo contrario. La razón pura no sólo conoce, también dicta cómo el hombre se tiene que comportar en sociedad. La voluntad general es la ley universal de la voluntad, la ley moral, la autonomía, la libertad. La voluntad se manda a sí misma y por eso es libre. No es mandada por consideraciones ajenas, sensibles, por ello es pura. Pero sí manda a todos por eso es universal[4].

Bajo está lupa sólo hay un principio que se dicta por la razón pura práctica, conocido como el imperativo categórico: “Actúa de tal modo que la máxima de tu voluntad tenga siempre validez, al mismo tiempo, como principio de una legislación universal”. Para que los hombres se expliquen a sí mismos este principio y actúen de acuerdo a su mandato Kant introduce las Ideas Normativas de la Razón[5]. Kant hablará de tres ideas principales: Dios (como causa del mundo), yo (como unidad de mente-cuerpo), el mundo (unidad sustancial). Las ideas de la moral son el alma, la libertad de ésta y su inmortalidad; en la historia nos encontramos con conceptos como Progreso y Paz perpetua[6], estas ideas van a guiarle el camino al historiador,  al filósofo, y al resto de la humanidad, obligándoles a caminar por el buen camino, alejándose de sus pasiones.

Esta forma de hacer filosofía de la historia, es diferente a la que posteriormente se hará, ya que Kant no se fundamenta en ningún principio dogmático. La razón es histórica, se mueve dentro de intereses que a su vez son cambiantes, el movimiento se da dentro del tiempo. Sin embargo el tiempo es una forma de intuición sensible que no se puede aplicar a la razón misma, porque forma parte de ella, por eso sólo es aplicada a los datos empíricos, la historia de la que podemos aprender sólo será la que recibamos por medio de los sentidos, sino podemos tener experiencia de ellos, éstos no serán conocimientos[7].

De qué forma podemos hablar de una historia en un pensamiento puro y trascendental como el que Kant propone. Entendamos que el pensamiento sin experiencia manda en el mundo de los por qué[8], mientras que el terreno de la historia  es el del como si. El principal presupuesto bajo el cual Kant hará trazará una especulación sobre la historia será: como si los acontecimientos estuvieran interconectados entre sí. Sólo bajo este principio heurístico se podrá construir no sólo una filosofía de la historia, sino una historia misma.  

Sentémonos un momento en silencio, como si estuviésemos en frente de un gran televisor y veamos qué es lo que ha pasado en la historia: aunque de forma individual hablamos de moral y manifestamos prudencia; los hechos históricos están llenos de maldad y la destrucción. Qué idea nos formamos entonces de nuestra propia especie. Si la historia es lo que parece ser, no podemos creer en un mundo mejor, ni en la providencia o en la Naturaleza; empero tenemos que creer en una divinidad porque esta creencia es esencial si queremos llevar una vida moral. Sin estas ideas, nuestro actuar está dominado por nuestras pasiones y apetitos, sólo así obedeceremos la ley moral que yace en nuestra razón pura práctica[9].

La historia es un proceso racional, que aunque no podamos ver, ni siquiera pensar, debemos asumir como cierto y esta es la tarea del filósofo de la historia. Este plan se desarrolla según una inteligencia no comprensible para nosotros, y que tiene una meta aprobada por la ley moral[10]. La historia tendría sentido si se le viese como un avance constante hacia un estado mejor de las cosas. Como individuos vemos la historia como un agregado caótico, sólo en especie nos daremos cuenta de que la historia está ordenada Este avance no se puede conocer, empero debemos aceptar esa idea porque, aceptando el principio teleológico de la naturaleza (que dicta que ésta no hace nada en vano) el hombre posee en sí mismo muchas aptitudes, potencialidades que en una sola vida no se pueden desarrollar por completo, empero que en toda la especie y que después de un gran lapso de tiempo se desarrollarán. Tenemos que imaginar que la Naturaleza tiene un medio para garantizar que dichas potencialidades se desarrollen durante un largo periodo en la especie[11], en palabras de Kant: “en los hombres (como únicas criaturas racionales sobre la tierra) aquellas disposiciones naturales que apuntan al uso de su razón, se deben desarrollar completamente en la especie y no en los individuos”[12]. La razón es la facultad de ir más allá de la Naturaleza misma, pero por sí misma no puede actuar, necesita ensayos y errores, aprender de los otros seres racionales. Para que en cada hombre la razón pueda desarrollarse completamente se necesitaría un tiempo desmesurado, tal vez la eternidad. Los conocimientos se trasmiten de generación en generación, sólo de esta forma el germen de la humanidad llegará a su pleno desarrollo, en un plazo muy lejano. No por eso los hombres se deben desilusionar y hacer de su vida una tragedia, cada hombre es sumamente importante y aporta un poco a este desarrollo. Todos los seres racionales están obligados a cumplir con los designios de la naturaleza. “La Naturaleza ha querido que el hombre logre completamente de sí mismo todo aquello que sobrepasa el ordenamiento mecánico de su existencia animal, y que no participe ninguna otra felicidad o perfección que la que él mismo, libre del instinto, se procure por la propia razón[13], la Naturaleza en el hombre ha desarrollado su máxima perfección, pero éste se tiene que desenvolver, como lo hemos dicho en toda la especie, en mucho tiempo. El proceso por el cual se logrará este despliegue es el Antagonismo, movimiento de todas las sociedades, las enfrenta y por medio de este enfrentamiento las sociedades avanzan.   
           
La insociable sociabilidad es la inclinación de los hombres a formar una sociedad que va unida a una resistencia, constante que  amenaza perpetuamente con disolverla. Esta es una idea que Kant retoma de Hobbes, la coincidencia de formar una sociedad patológica provocada por un todo moral[14]. Esta disposición se encuentra en la naturaleza del mismo hombre. Pues se tiene una inclinación a entrar en sociedad, porque en este estado hay mayor comodidad, este ambiente le permite el desarrollo de sus disposiciones naturales. Pero existe también una tendencia hacia el aislamiento, porque quiere llevar a cabo todo lo que le complace, sabe muy bien que hallará resistencia porque él mismo se negará ante los designios de los demás. Esta resistencia despierta la fuerza del hombre y ‘movido por el ansia de honores, poderes o bienes’ intenta ganarse un sitio entre sus colegas a los que “no puede soportar pero de los que tampoco puede prescindir[15]. Las sociedades están fundadas por lo que separa al hombre: las pasiones y deseos, pero estos no serán satisfechos si no hay otros hombres. Aquí encontramos el paso que hay entre la sociedad de naturaleza a la sociedad civil, de la rudeza a la cultura; al final tenemos como resultado una unión social originada en necesidades patológicas (deseo de honor, poder y riqueza). Notemos que pese a que Kant pertenece al periodo de Ilustración, piensa que el hombre no es todo razón, sino que ésta constituye una parte importante del ser humano, pero que no es la predominante, la parte que domina al hombre es la pasional, por ello, repito, se aplican las ideas normativas dela razón (Dios, alma). Es el lado malvado del hombre el que le obliga a transitar desde la barbarie a la civilización.
           
Este transitar se lleva en dos etapas, la primera sucede cuando se logra una sociedad, empero Kant apunta que una comunidad que sirva a su propósito no debe ser despótica, en esta comunidad se deben combinar la libertad de un individuo con la de los demás componentes de la sociedad, de forma que cada persona pueda coexistir con los otros sin trasgredir su propia libertad. Sin embargo no basta con que esto se lleve en una sola sociedad, aquí encontramos la segunda etapa, la realización de una sociedad civil perfecta alcanza tintes internacionales: el propósito de la Naturaleza es el establecimiento de una confederación de naciones con la autoridad sobre todos los miembros donde los hombres, así los hombres se desplegaran (en relación a sus potencialidades) y se conducirán a la meta trazada por la Naturaleza: “El problema mayor del género humano, a cuya solución le constriñe a la Naturaleza, consiste en llegar a una SOCIEDAD CIVIL que administre el derecho en general[16]”.
           
Consideremos a la historia de la especie humana en su conjunto como la “ejecución de un secreto plan de la Naturaleza para la realización de una constitución estatal interiormente perfecta y, CON ESTE FIN, también exteriormente, como único estado en que aquella pueda desenvolver plenamente todas las disposiciones de la humanidad[17]. Esta afirmación representa la pista principal que Kant otorga para hacer una filosofía de la historia. Démonos cuenta que la proposición está dibujada con tintes apriorísticos, porque si realizamos un examen empírico la afirmación a cerca del progreso hacia una sociedad feliz es risible, tal vez porque el tiempo que ha transcurrido hasta ahora (hasta el periodo de Kant no es suficiente para afirmar o negar). Kant deja en manos de otros la tarea de escribir una historia universal desde un punto de vista filosófico, sin minimizar el estudio histórico por medio de la experiencia. El alemán no ofrece, repito, un atajo para el descubrimiento y estudio de hechos históricos, sino que nos ofrece un modo de verlos, después de haberlos descubierto.

            La tarea del filósofo de la historia es producir una explicación de carácter racional del curso de la historia sin tener en cuenta los datos históricos por particular, siempre en conjunto, creando una teoría que dé cuenta de un pasado, presente y futuro, mirando hacia mejor.

            Hemos hablado del fin de la humanidad. Bien, preguntemos entonces cuál es éste. Kant responderá: el destino final del género humano es “la perfección moral en tanto que ésta se realiza mediante la libertad humana y se capacita así el hombre para la mayor felicidad[18]. El hombre no es perfecto, no es feliz, por ello debe de conseguir la mayor perfección en tanto que ejerza su libertad. Una vez más recordemos que el hombre en sí mismo[19], tiene bastantes aptitudes y habilidades que en una sola vida no se pueden desarrollar, el desarrollo de nuestra naturaleza sucederá en un lapso enorme, y será en toda la humanidad.

            Debemos hacernos felices obedeciendo la ley moral que yace en nosotros. El fin de la humanidad es alcanzar la perfección moral. Para lograr este fin una federación cosmopolita es lo adecuado, no hemos llegado a la máxima perfección porque los monarcas no se lo proponen, su único objetivo es engrandecer su estado. Sólo los gobernantes emprenden el camino a través de la educación, adecuándonos según los fines de la naturaleza, la educación debe cultivar el talento, sembrar la disciplina, y formar el carácter, si un monarca se propone mejorar la humanidad, la idea se propagará y cada persona la seguirá. Empero nadie, hasta ahora, ha trabajado por ello.

            Cuando la naturaleza humana haya alcanzado su pleno desarrollo y su máxima perfección posible se instaurará el reino de Dios en la tierra: habrá justicia y equidad de conciencias, es decir alcanzaremos la Paz Perpetua. Lo cual llegará en el transcurso de muchos siglos.    

Que la historia se encuentre en un progreso constante y mejor, que en ella se desplegarán las aptitudes de los hombres a través del tiempo y que al final lleguemos a coexistir, no sólo en una sociedad, sino en un mundo, donde nuestra libertad no choque con la de los otros hombres (paz perpetua) y no exista el despotismo, ni totalitarismo, no es un hecho del cual podamos tener certeza total, más bien de trata de lo que Kant denominó en su primera Crítica (de la razón pura) como un principio regulador o heurístico, útil en la prosecución de investigaciones empíricas, que no podemos demostrar o refutar. Tenemos seguridad del progreso sólo porque se encuentra estrechamente ligado a la práctica moral, pero sólo eso. Así que afirmemos que el principio que guía al filósofo historiador es un principio heurístico, el cual le dirige sus estudios, no sólo sabrá que la historia tiene un plan, sino qué podrá decirnos cuál es su plan. En el estudio de la historia veo lo qué ha sucedido, pero también me doy cuenta de lo que puede pasar.           

            De esta forma observamos que la historia es teleológica, debemos buscar qué plan la Naturaleza nos ha preparado, empero debemos trascender esto, y sólo lo haremos a través de la moral: la historia tiene como fin último la consolidación de una sociedad cosmopolita jurídica y ética. El destino último de la especie humana es el perfeccionamiento moral. Sólo bajo este eje entenderemos la filosofía de la historia de Kant.

  
Bibliografía

Belaval, Yvon (1974) “Kant” en Historia de la filosofía. La filosofía alemana de Leibniz a  Hegel; Siglo XXI: México.
Benavides, Lucas Manuel (s/a) “La historia en el Barroco y la Ilustración: Kant” en Filosofía de la Historia; Síntesis: Madrid.
_____________ “La filosofía especulativa de la historia” en Filosofía de la Historia; Síntesis: Madrid.
Kant, Immanuel (2002) “En torno al destino final del género humano” en Lecciones de ética; Biblioteca de bolsillo: Barcelona.
____________ (2006) “Idea de una historia Universal en sentido cosmopolita” en Filosofía de la historia; Prólogo de Eugenio Ímaz; F C E: México.
____________ (2006) “Si el género humano se halla en progreso constante hacia mejor” en Filosofía de la historia; Prólogo de Eugenio Ímaz; F C E: México.
Reale, Giovanni (1988)  “Kant y el giro crítico del pensamiento occidental” en Historia del pensamiento filosófico y científico (Tomo II), Herder: Barcelona.
Schaff, Adam (1974) “La relación cognoscitiva. El proceso del conocimiento. La verdad” en Historia y verdad; Grijalbo: México.
Walsh, W H (1998) “Filosofía Especulativa de la historia: Kant y Herder” en Introducción a la filosofía de la historia; Siglo XXI: México.






[1] Uso el término meta-reflexión para referirme propiamente al quehacer filosófico sobre la historia, ya que la Historiografía es una reflexión de primer nivel: cómo se está haciendo historia, cuál es el método que se utiliza para analizar la historia. Empero la filosofía se encuentra encima de esta reflexión. 
[2] Según Adam Schaff (1974) en Historia y Verdad.
[3] El primero según Schaff recibe el nombre de Teoría Mecanicista del reflejo, donde el sujeto quiere conocer al objeto, la verdad entonces es la correspondencia que hay entre  lo que es y lo que se piensa. El objeto otorga toda la información. El tercer modelo es de Reproducción, hay una participación activa entre sujeto y objeto. El conocimiento es una interacción de dos partes en movimiento. El sujeto es activo, no se trata de una tabula rasa donde se encuentre pasivo, está condicionado por su contexto social. El objeto también está condicionado socialmente, y también es activo, en la unión de esta dos actividades encontramos al conocimiento.
[4] Imaz, Eugenio (2006) Prólogo a la Filosofía de la historia; México: F C E. Pág. 6.
[5] Como hemos mencionado más arriba se trata de las ideas que son propias a la metafísica; si bien como conocimiento científico son imposibles Kant les da un estatuto que le permite redirigir nuestro conocimiento. Es imposible que tengamos experiencia de éstas, pues su realidad es práctica, reguladora. Kant nos dirá que a través de la dialéctica transcendental (ejercicio del entendimiento) llegaremos a conocer cuáles son estas ideas, las cuales jamás se irán de nuestra mente, pues ya habitan en nosotros, pero al menos podemos otorgarles el estatuto que les corresponde y que a continuación explicaremos.
[6] Notemos como Kant hace un jerarquía de la Ideas que permiten unificar conocimientos, encima de todo se encuentra el ‘yo pienso’ que es contrario al cogito cartesiano.
[7] Nos enfrentamos a un problema ¿la historia para Kant es conocimiento científico? Recordemos las características de la ciencia, sólo lo que cae bajo las categorías espacio y tiempo serán consideradas como conocimiento verdadero. Qué sucede con lo que no podemos experimentar, por ejemplo la Revolución Francesa, suceso que ya ha acontecido y por lo tanto no vivimos, no experimentamos de forma sensible. Empero el historiador se dedica a investigar qué sucedió buscando referencias en libros, documentos, etc. Y las investigaciones de éste se vuelven conocimiento, entre más objetivo sea. Recordemos que todavía no nacen las ciencias del espíritu. La tarea del filósofo en relación a la historia, como veremos más adelante, será darle sentido a esos datos que recibimos del historiador. La historia, como se explica más abajo sólo es un principio heurístico, y no se trata de un verdadero conocimiento. Podemos encontrar en esta teoría los gérmenes del positivismo.
[8] Kant es una especie de científico cuya tarea principal es brindar explicaciones sobre cómo los seres racionales adquieren conocimiento. Cómo funciona nuestro aparato cognoscitivo y así poder limitar a nuestra razón.
[9] Lo que hemos mencionado en líneas anteriores: la función práctica del como si.
[10] La Paz perpetua, tópico que se tratará más abajo.
[11] De nueva cuenta aparecen más como si. Es ahora un poco más claro la aseveración que decía: la historia se mueve dentro del reino del como si.
[12] Kant, Immanuel (2006) Idea de una historia universal en sentido cosmopolita; F C E: México. Pág. 42.   
[13] Ibíd. Pág. 44.
[14] Veamos en esta definición la idea de pacto que es propiamente hobbesiana, para poder pasar de un estado natural, donde cada uno de los individuos corren peligro, es necesario renunciar a nuestra libertad y por medio de un pacto condicionar nuestro comportamiento.
[15] Ibídem pág. 47.
[16] Ibíd. Pág. 48.
[17] Ibíd. Pág. 57.
[18] Kant, Immanuel (2002) Lecciones de ética; Biblioteca de bolsillo: Barcelona. Pág. 301.
[19] Veamos cómo en este postulado Kant sigue la idea aristotélica de que la naturaleza nada hace en vano.

  
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LA MUERTE COMO SENTIDO EN LA EXISTENCIA
(Aproximación al fenómeno de una muerte con calidad de vida)

 A Darren Aronofsky

Milton Medellín

1.- La búsqueda de sentido en la vida humana


Es una obsesión ineludible del pensamiento humano el buscar un sentido para las cosas: significado, que no dirección; símbolo presencial de toda experiencia, articulación de la realidad en pregunta y búsqueda, en pocas palabras: en logos.

            No existe realidad que escape a la inquisición de este logos que busca extraer el sentido esencial e intrínseco de aquello que aparece a los ojos del hombre como presencia, como cuidado y constelación de indagaciones, e incluso en algunos casos, como constancia de epifanía e iluminación poética.

            Así como la realidad interpela a la consciencia haciéndola salir de su estado inocente, así la palabra interpela a esta realidad en respuesta, tratando de concretizar su acontecer mediante el nombre y la pregunta. Nombrar del poeta y hallazgo del filósofo, travesía del pensamiento que busca la verdad en la existencia con no pocas cosas que quedan siempre oscilando en el péndulo de la indeterminación.

            Una de estas cosas oscilantes en la consciencia humana y el drama en que vive su realidad, es la muerte. Acontecimiento que no negaremos en cuanto su brutalidad, escisión de la vida, aspecto sombrío de una existencia que se niega a dejar de permanecer, presentimiento inconsciente de la oscuridad: “El hecho de que voy a morir constituye para mí un subsuelo, un lado sombrío en mi inteligencia del mundo.”[1]

2.- Muerte como signo de destrucción

            Tenemos que en primera instancia, la consciencia vital que poseemos del mundo vivido, la constancia de los días ante el espejo de la mente que busca, vive y trabaja transformando este mundo en imagen de su deseo; percibe a la muerte como signo de destrucción de la existencia, y del fruto de la humanidad y la cultura. Si el ser humano es búsqueda de sentido, si la objetivación de ese sentido en parte es aquello que llamamos historia y cultura, podemos decir que el fenómeno de cesamiento de la consciencia en su aspecto vital visible por la mente, queda totalmente amenazada por este signo de destrucción. En primera instancia, la muerte atenta contra el sentido de lo humano y su historia, e invalida la búsqueda de una verdad constitutiva como posibilidad de lo humano ante el tiempo y la búsqueda de un futuro como promesa comprobable.

            Sabemos o intuimos hoy en día, que gran parte de esta actitud de la consciencia ante la muerte no depende sólo de un ímpetu vital quebrantado (el cuerpo se niega a morir), ni de la amenaza patente de ver menguados nuestros esfuerzos culturales e históricos de permanencia. Es a partir de una Modernidad Occidental que postula la racionalidad como único fundamento del universo, que excluye el mito y el símbolo como posibilidades de acceso a lo real, que destrona la dimensión religiosa del ser humano en su afán de destruir falsos ídolos; que el ser humano queda desnudo de fundamentación existencial de la consciencia ante el cambio y lo desconocido.

            Afán totalizador de la racionalidad teórica e instrumental que a costa de nuestro innato impulso espiritual, logra el mejoramiento de las condiciones materiales y tecnocráticas de existencia pragmática y social, dejando sin llenar el vacío de las preguntas fundamentales de toda búsqueda humana: ¿cuál es el sentido de mi existencia? ¿Quién soy yo? ¿Existe un sentido fundamental y superior de todos los esfuerzos humanos por transformar el universo?

            El vacío que llenaban el símbolo y el mito para la aceptación social de la muerte, al ser suplantado por una racionalidad que se pensaba autosuficiente y absoluta, ha dejado una concepción malsana de la muerte como signo inevitable de destrucción de la realidad total.

            ¿Cómo plantear otro sentido de la muerte? ¿De qué modo éste problema repercute en la asunción de los problemas morales que la vivencia del fin provoca en la persona y seres que lo rodean?
           
Es preciso que antes de plantear un sentido distinto de muerte, tengamos que edificar una inteligencia de la vida, de la forma en cómo la vida en la consciencia humana es edificación y transformación del flujo de la temporalidad de la existencia, que en primera y última instancia es búsqueda de la verdad.

3.- La vida como humanización de la existencia


Es un hecho el que la primera inteligencia que podemos realizar de la vida como fenómeno general del universo, es su esfuerzo de preservación. La vida busca conservar el propio ser en que se manifiesta, este es el acierto primordial de Spinoza, mismo al que llama connatus. Toda vida es generación y regeneración, reproducción y término, toda vida es proceso en el cual interviene el universo entero, cada cosa que vive es afectada por la totalidad del mundo: preservación e integración creadora son algunos de los signos de la vida como fuerza generadora en el universo.

Es preciso, sin embargo, hacer notar que las características escuetamente mencionadas arriba cambian de manera sustancial al aproximarnos al fenómeno de la vida humana. La vida humana es ese flujo creador del universo dotado de auto-consciencia, capaz de trascenderse a sí mismo y de crear significados inéditos para el universo en que se encuentra involucrado. El enigma de la consciencia humana implícito en la historia del acaecer universal vital, es el enigma de la trascendencia y la búsqueda que nos constituye como humanidad existente, de ahí que toda consciencia humana involucre vida, existencia y humanización.

La vida humana es aquella que puede y debe transformar las potencialidades dadas por la naturaleza y la biología en algo de carácter superior, es la transformación cualitativa más compleja del universo que aún no hemos podido desentrañar con total éxito, de ahí que las criterios de vitalidad que aplican a la naturaleza entera, aplican sólo de manera inicial a la vida de la conciencia humana, que además de ser flujo vital y preservación, es humanización y autotrascendencia.

El ser humano supera las expectativas vitales y las convierte en criterios intrínsecos de su especie, mismos que en la humanización, en el dotar la vida de un sentido humano, están los criterios de calidad humana y dignidad que el ser humano propone y busca en su existencia interpersonal y social. La vida humana consiste en una constante y continua humanización de la existencia, misma que busca la trascendencia total en el conocimiento, la crítica, el arte y el actuar moral sin lograrlo del todo jamás y sin embargo sin cesar su búsqueda. En ese sentido, somos una búsqueda en tensión permanente hacia la verdad y desde la ausencia parcial de verdad, somos una metaxy, intermedio de verdad y no verdad, autenticidad humana e inautenticidad, esfuerzo unitario y dispersión de verdades culturales.
Esta tensión existencial en la transformación de la vida en vida humanizada, esta búsqueda de sentido humano de todo lo que existe, es un criterio fundamental para entender cómo la vida sólo es digna en la medida en que responde a las exigencias de su transformación de mero acontecimiento, en sentido humanizado del devenir.

Nuestra calidad de vida no sólo depende sólo de la eficacia en que podemos lograr su preservación, sino de la constancia y autenticidad con que logramos transformarla en un sentido humano más profundo, en una vida con significado, y es este significado el que interesa a nuestra calidad de la existencia en la vida, y también, porqué no, a nuestra calidad de la existencia en el proceso de muerte.

4.- La Muerte como símbolo de Transformación

¿Es posible encontrar una manera de cambiar nuestra occidentalizada y moderna concepción de la muerte? ¿De qué manera podemos pasar de una concepción de la muerte como signo de destrucción, a una noción de la muerte como símbolo de transformación?

Cierto es que una de las cosas que niegan nuestro carácter hacia la apertura y la trascendencia es el apego en que consiste el Ego legado por nuestra cultura y sus antepasados colonizadores. Sabemos de cierto, podemos comprobarlo, que la existencia es búsqueda, y que esta misma búsqueda comporta cambio y transformación, no sólo hacia nuevos estadios de la existencia personal y colectiva, sino hacia aquello desconocido en que vivimos que es la realidad. La exigencia primordial de toda búsqueda humana congruente, es reconocer las demandas que surgen de una consciencia orientada a buscar sentido en medio de un universo pleno de misterio, desconocido que llama a indagación, a un dejarse ir de la consciencia egoísta y ególatra que impide nuestra investigación de la verdad y su permanencia en la cultura.

Es así que el sentido de la búsqueda, es para la consciencia, lo que para el ego exagerado significa pánico de muerte por la transformación. El ego es el aspecto mínimo de nuestra consciencia total, mismo que cuando deja el mando, nos permite una apertura máxima al misterio de la realidad y la verdad como algo más allá el cambio y del deceso, como transformación perpetua del devenir de la consciencia ante lo desconocido, y en última y primera instancia, ante lo Infinito cuyo abandono tan caro ha resultado a la consciencia occidental.

Hemos experimentado, al menos una gran mayoría, lo que implica la experiencia de separaciones intermitentes y casi perpetuas: de los padres, de los amigos muertos u olvidados, de la persona amada. Toda separación ha sido antes unión casi plena, mediada por la confianza en la búsqueda de un absoluto amor que fundamenta la consciencia amante-amada. Es así que la muerte puede adquirir un sentido distinto:

1) Ante la aceptación del misterio que es exigencia primordial de toda búsqueda y transformación hacia la verdad en el universo, somos un constante encuentro con Lo Desconocido Fundamental.

2) Ante la certeza fundamental de un amor absoluto que reclama de nosotros una visión esperanzada del destino humano, mismo que potencia nuestras uniones y separaciones cotidianas y que levanta con fuerza al caído en su constante búsqueda de comunión en el amor.

3) Ante la aceptación de la muerte interior de un ego que debe dar paso a un nuevo estadio de la consciencia, cada que un cambio real e importante se avecina. La crisis de transformación del ego en el cambio del infante en persona, es equiparable a la crisis de transformación de la consciencia en el suceso muerte ante y hacia lo desconocido misterioso que implica el universo.

Es un hecho que estas reflexiones y las consecuencias que de ella se derivan, no borrarán de golpe los siglos de modernidad asustadiza y ególatra que llevamos introyectados en nuestro inconsciente psico-social, con los complejos afectivos que de ello resultan en nuestra historia personal-colectiva. Es ineludible el miedo a toda transformación, sobre todo obviamente la implicada por nuestro proceso de muerte. Sin embargo es posible convencer a la consciencia de nuestro frágil ego que vale la pena tener esperanza por fuerza de un amor que antecede y excede todos nuestros esfuerzos, fundamentándolos. Aprender a vivir es aprender a amar, y aprender a amar puede ser, en última y primera instancia, aprender a transformarse en la muerte.

5.- Consideraciones sobre la muerte con calidad de vida

Hemos visto como toda vida humana implica una búsqueda de sentido en las cosas, y cómo toda existencia humana implica y exige un proceso de humanización que dignifica la vida dotándola de calidad humana. La muerte puede ser asumida como símbolo de transformación en una consciencia-más allá-del-ego, que fundamente su esperanza en el amor y el misterio a que se encuentra orientada la consciencia en su búsqueda perpetua, histórica y cultural de la verdad; con sus vicisitudes, logros y retrocesos, pero siempre en una tensión permanente hacia la consecución del llamado al Infinito (metaxy).

Si es posible, ya lo vimos, exigir a nuestra existencia una calidad de vida humanizada y digna a pesar de los obstáculos que puedan surgir en nuestro drama, ¿Es posible y deseable exigir una calidad a nuestro proceso de muerte, sobre todo una vez que hemos visto que no es la vida a ultranza la que fundamenta la existencia, sino el significado que a esta podamos dar en el transcurso de nuestra humanización y plenitud siempre perfectible? Si el amor nos transforma más allá del dolor, ¿puede el dolor de la muerte adquirir un sentido más profundo en la medida que aceptemos nuestra crisis y transformación del ego a lo desconocido por todos los medios espirituales disponibles? ¿Es la muerte una enfermedad que debe ser curada por todos los medios posibles, o una transformación que debe ser aceptada, también por todos los medios posibles? ¿Es preferible morir con dignidad y significado, que vivir de forma indigna y sin sentido? ¿En que medida los esfuerzos de médicos, legisladores, ministros y eruditos por aportar soluciones al problema de la muerte como legítima forma social de transito digno a lo desconocido, dependen de una actitud primordial de nuestra consciencia, en relación a la muerte interior del ego, proceso educativo y ético que tomará generaciones antes de ser parte de nuestro imaginario colectivo? ¿Puede el filósofo proporcionar algo más que un índice programático de decretos biomédicos, apelando a una transformación profunda de la consciencia humana, fuente y fruto de toda auténtica filosofía?

Nuestro límite será el de la praxis inmediata, mismo que aceptaremos de manera humilde, siempre y cuando se tome en cuenta los procesos reflexivos que la filosofía puede aportar en el tránsito de la existencia hacia una progresiva auto-apropiación y autenticidad del esfuerzo por existir y el deseo de ser[2] que significa toda existencia humana.
Vivir la propia muerte con calidad de vida, humanizada y digna más por su significado que por su preservación a ultranza, acaso sea posible en la medida en que aprendamos el sentido de amor total de la  humanidad en su orientación al misterio. Vivir la propia muerte será entonces, aprender a vivir la propia vida, más allá de nuestro ego, y en sintonía con el Amor.





[1] Moore, Sebastián. Formación y Transformación del Ego. En el Lonergan Workshop Vol. 8. Ed. Frederick Lawrence. Pág. 4
[2] Frase acuñada por Paul Ricoeur



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Palazón Mayoral, María Rosa (2006). La Estética en México. Siglo XX. Diálogos entre filósofos.  México. Coedición, FCE, UNAM, FFYL.


 Lic. Sonia Lira Romero[1]

 
Partiendo de la reflexión estética de algunos filósofos mexicanos, María Rosa Palazón Mayoral señala algunas ideas relevantes en torno a una disciplina que por su fecha de nacimiento es muy joven y que quizá por eso, hoy en día ocupa el centro de la discusión, en el sentido de que es en la modernidad donde se hará una revalorización de la estética misma y de sus principales categorías.
 
El Libro La Estética en México. Siglo XX: diálogos entre filósofos de la Dra. Palazón, consideramos, tiene una gran valía y urgencia, sobre todo para los buscadores de ideas en torno a la estética, la experiencia estética y las artes. 

De entrada nuestra filósofa e investigadora nos aclara que no se trata de una Historia de la estética mexicana, ni de un diccionario filosófico-estético en que se listen autores y obras, sino de un diálogo estructurado temáticamente, donde se exponen ideas relevantes de quienes se han dedicado, en algún momento dado, a la reflexión estética desde la filosofía.  

La Dra. Palazón indaga categorías y conceptos constantes en la reflexión estética de los filósofos mexicanos, que inicia en 1913 con la instauración de la cátedra de estética a cargo de Antonio Caso, pasando por Alfonso Reyes, Samuel Ramos, hasta alcanzar estetas como Adolfo Sánchez Vázquez, Ramón Xirau, Bolívar Echeverría, entre otros como Néstor García Canclini, Alberto Híjar, Ana María Martínez de la Escalera, por mencionar algunos.   

El primer tema que aborda es la definición del concepto filosófico de estética. La autora registra los supuestos filosóficos sobre los cuales se alza la estética en la cultura occidental y hace evidente que a pesar de que esta forma particular de conocimiento ha sido menospreciada por algunas filosofías, es en la modernidad que ha tomado nuevamente importancia. Comenta la autora, es precisamente en el S. XVIII, en 1758 que Alexander Baumgarten  conquista para la estética "la aisthesis", con la cual designó el mundo de las sensaciones, entendidas como cargas afectivas, empero intentó sujetarlas a lo operacional y representativo. Desde esta perspectiva Kant rescató para la estética, la aisthesis considerada como sensibilidad, bajo la forma ‘del gusto’. La experiencia, a partir de entonces, identificada como estética se ve llevada por el camino de los afectos y la emoción, pero una emoción configurada según  estructuras y puntos fijos del pensar conceptual. Sobre estos supuestos filosóficos es que se alza la estética en occidente y de alguna manera son punta de lanza para reflexiones posteriores de estetas mexicanos. 

Palazón señala el carácter interdisciplinario de la estética, que si bien  comparte ciertos contenidos con otras disciplinas como la historia del arte disciplina centrada en la obra de arte, sus materiales, sus técnicas, sus metodologías, e iconografía; la critica de las artes que establece normas estilísticas para la creación artística, la sociología del arte que destaca el elemento ideológico, social del arte, o la poiesis que trata de la creación artística, logra mantener  su autonomía. Y no sólo  frente a estas disciplinas o profesiones sino también frente a la teoría del conocimiento, la epistemología, la ontología, la axiología, la ética, la hermenéutica o la fenomenología, ciertamente el esteta se auxilia de ellas pero delimitando su campo temático.  En una acepción ontológica la estética hace manifiesta la pregunta por el principio de realidad, que lleva consigo apertura y  dinamismo. O como lo señala la autora siguiendo a Adolfo Sánchez Vázquez, la estética se ciñe no sólo al campo de los objetos estético-artístico, aquellos valorados por sus cualidades estéticas, sino también, a otros escenarios, sean estos políticos, sociales, religiosos, económicos, históricos, psicológicos y a objetos estéticos no artísticos, ya sean mecánicos o técnicos.

Sin embargo, la estética filosófica trabaja ciertas nociones que no son las de estas disciplinas. Desde la estética se debate sobre los conceptos de arte, obra de arte, artista, se analizan las tesis sobre el juicio del gusto, la experiencia estética, se discute y problematiza la categoría de sensación y  la verdad de genealogía artística. 

En ese sentido, la categoría de experiencia estética, segundo tema tocado por la filósofa, ostenta este principio de realidad. Es emoción, expresión placentera que carga ecos no sólo hedonistas sino morales, políticos, históricos, sociales, culturales, en fin multiplicidad de perspectivas. Es capacidad de relación abierta de cada uno de nosotros, con una realidad que además de evocar presencia estética emotiva,  revela modos de pensar, de actuar, de vivir y de estar. “La experiencia estética es la recepción, el juego variado y libre de facultades, por sí mismo placentero, opuesto a la conducta  inmoral que considera al otro como un recurso o instrumento”[2]

Por otro lado, sostiene Palazón junto con José Vasconcelos y Ramírez Cobián, que en la experiencia estética la emoción y el cuerpo son inseparables. Se reflexiona a la experiencia estética desde el cuerpo que experimenta “el deleite”; desde el cuerpo que siente, que reclama los sentidos, la materia, la vida terrenal, humana demasiado humana, en terminología nietzscheana. Por demás estamos ante una revaloración del cuerpo que se temporaliza. 

Además la experiencia estética vista desde el poder dominante, arranca de la idea de que somos parte de un sistema de normas morales, sociales, culturales y estéticas; que estamos inmersos en un tiempo donde los medios masivos de comunicación, tales como, el cine, la radio, la televisión, el internet determinan nuestro experienciar estético, es decir, los modos de sentir, de pensar  y de vivir; deviniendo en un  juicio del gusto que se circunscribe a la reacción de cada uno, ante el bombardeo de modas y gustos. 

Por otra parte, el poder dominante se ha servido de la experiencia del gusto para elaborar la crítica de las artes, tercer tema considerado por María Rosa Palazón, en el sentido de que el crítico es quien cree tener derecho y autoridad valorativa y apreciativa para encauzar las opiniones respecto de lo que es obra de arte, o  de cualquier objeto con pretensiones artísticas, de lo que es bello, o feo, de lo que debemos escuchar, ver, pensar, actuar y hasta sentir; en el entendido de que hay críticos de arte que trabajan para una ideología, un señor, llámese burgués, político o cibernauta que sin tener en cuenta la reacción estética de la obra; o que muchas de las veces sirviéndose de ésta responden al gusto del teórico analista, o a criterios editoriales y de mercado. En otras palabras, es el gusto manipulado ideológicamente que se relaciona con la cultura de masas, con un sistema dominante que instaura una especie de estética del disfrute de lo desechable, superficial y efímero. Se trata de adecuar el gusto a intereses y beneficios. No obstante, dice palazón  hay que mencionar que existen críticos que están llamados a enjuiciar la obra concreta, llámese ensayo, teatro, novela, música, pintura, escultura, fotografía, cine, etc. tomando en cuenta lo sensorial, intelectual, imaginativo y emotivo, o los modos de estar en el mundo. Ya que la critica de las artes “es […] el juicio formado sobre una obra artística, y la capacidad de juzgar sobre la bondad, verdad y belleza de cualquier tipo de cosa y hecho.”[3]

Otros temas presentes en la reflexión estética de los filósofos mexicanos que menciona Palazón, son Las artes como trabajo, Las artes como juego, Artes en el capitalismo y el socialismo y Artes y conocimiento.

Juego y trabajo son categorías que atraviesan las reflexiones de sociólogos y psicólogos, de historiadores y antropólogos. Pero, señala nuestra autora la reflexión filosófica de los estetas mexicanos las recupera para revisarlas en su función estética.  Como el caso de Adolfo Sánchez Vázquez, filósofo que sigue las  huellas del pensamiento de Marx, al definir el trabajo en su acepción positiva como el modo de ser y hacerse humano, capacidad transformadora y expresión de la creatividad. El juego “es un salir de si, es un grito, una explosión factible”[4]. Acepciones que confieren dimensiones no sólo estéticas sino éticas y ontológicas al trabajo y al juego.  En las artes juego y trabajo tienen un tratamiento artístico-placentero. En el juego como trabajo placentero se busca el disfrute y el deleite. En ese sentido, el juego se plantea como filosofía de re-cambio y re-creación, transformación y reinvención. En el juego el ser humano tiene la posibilidad de reinventarse. “La obra de arte invita […] al juego de facultades, a la síntesis de conocimientos, ideas y emociones: la obra place en tanto es interpretada o se decodifica captando los usos que puede tener o soportar.”[5] Como ética alternativa, lo lúdico confiere libertad de construir las propias reglas del juego que de suyo son siempre dinámicas. 

Expone la autora, en el juego se nos viene dado gratuitamente el hacernos y rehacernos en lo colectivo y en lo individual; el ser humano se redescubre como fin y no como medio. En la conducta lúdica el sujeto se olvida del trabajo obligatorio, mal pagado, cargado de tareas rutinarias, competitivas, burocráticas; juegos perversos  donde se aplasta al otro en la carrera de ascensos personales. 

Apunta nuestra autora con Sánchez Vázquez, García Canclini e Híjar se habla de que en las sociedades modernas económico-burocráticas y empresariales el trabajo ha devenido en un simple accesorio. Nuestra fuerza de trabajo no nos pertenece se pierde en los otros y en lo otro, se trabaja para sobrevivir, al grado de cosificarse, de desgastarse en todas nuestras capacidades y facultades. Se nos escapan las diversiones; es el consumo mecánico de los placeres, es “el ocio del negocio” que impulsa la política de ventas, y el consumo frenético. Se habla de la estética del kitsch: acentúa el consumo masivo, banal; aceptando como artístico cualquier pastiche, es decir, cualquier cosa. El arte es un producto kitsch y un pastiche, ello es,  meros objetos mercantiles, o para decirlo con  Frederic Jameson,  formas muertas. 

En Artes y conocimiento[6], Palazón observa que las artes además de ser un lúdico trabajo placentero son un juego hermenéutico, en tanto texto que refiere múltiples interpretaciones; que se validan sólo en el entrecruce con los horizontes de significación que el texto abre. En ese sentido, y a modo de conclusión, para la Dra. Palazón, “cada arte y cada producto suyo representan su propia verdad, entendida como coherencia con sus planteamientos y expectativas que genera”[7]. Pensado desde este horizonte, las artes van más allá de lo verdadero o falso; deviniendo en símbolo que dice algo de lo indecible, que muestra algo de lo oculto. Las artes no son medio para el conocimiento sino fin en sí mismo que encierra presencia de realidades. No se limitan a un solo valor sino que son polivalentes. Su función está siempre en la búsqueda de resignificación, del llamado a la construcción del ser no sólo artístico sino humano.




[1] Profesora de estética e historia del arte en  la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Autónoma de Tlaxcala. Estudios de Maestría en Filosofía en el área de Estética, Filosofía de la Cultura y Filosofía de la Religión, por la Universidad Nacional Autónoma de México. (UNAM).

[2] Palazón  Mayoral, María Rosa (2006). La Estética en México. Siglo XX. Diálogos entre filósofos.  México. Coedición, FCE, UNAM, FFYL. p.180.
[3]Ibid., p.87
[4]Ibid., p.172
[5]Ibid.,  p.127
[6] En la reflexión epistemológica, conocimiento plantea interrogantes del tipo ¿qué es conocimiento? ¿qué se puede conocer? Se busca la verdad justificándola. Una verdad, siguiendo al Teeteto de Platón, del tipo epistème, queriendo entender por episteme= opinión verdadera justificada, anteponiéndose a la doxa= opinión verdadera no justificada.
Otros han  visto en la epistème este símbolo que dice algo de lo indecible y de lo humano. Tal es la postura de la Dra. Palazón, la cual comparto.
[7] Ibid., p.249.